SUSYA: LA IRREDUCTIBLE ALDEA PALESTINA

Escondida entre colinas a 15 kilómetros de Hebrón, se halla Susya, una aldea palestina que está a punto de ser derruida y donde 300 personas viven en rudimentarias tiendas de campaña de plástico y hormigón. Su población ha sido desalojada por Israel en cinco ocasiones desde los años 80 pero siempre ha regresado. Es la lucha de David contra Goliat en pleno siglo XXI.

Un vehículo de gran cilindrada con las lunas tintadas aparece de la nada y se queda parado vigilando a escasos metros. Es imposible saber quién se encuentra dentro, pero su mera presencia genera un clima de tensión. Se trata de un colono judío que no le gusta nada la presencia de internacionales en Susya, al sur de Cisjordania. Sus habitantes acaban de sufrir el último varapalo, después de que el pasado 5 de mayo  el Tribunal Superior de Justicia de Israel haya autorizado al ejército  a derruir las viviendas alegando motivos arqueológicos. La sentencia de muerte la dictó el juez Noam Solberg al negarse a emitir una orden judicial para congelar la demolición de Susya y esperar así a que el más alto tribunal del país resolviese la petición que hicieron los residentes para continuar viviendo en Susya.

La vida en este pueblo no es nada fácil. Se encuentra aislado y a un kilómetro de un asentamiento judío, cuyos habitantes tratan por todos los medios de que la población de Susya abandone sus tierras matando, para ello, a su ganado, cortando sus árboles, quemando sus tierras o tirando piedras a los pastores y a los niños cuando acuden andando a su escuela.

La localidad más cercana es At-Tuwani, si bien para llegar a ella, los palestinos tienen prohibido utilizar la carretera principal de uso exclusivo de los judíos, de modo que están condenados a utilizar un camino lleno de baches y piedras. Son muchos los residentes de Susya y At-Tuwani que hacen caso omiso a esta norma, como Hafez Al-Hrieni, quien opta por acortar usando el impoluto vial de los israelíes, que se encuentra completamente vacío, pese a contar con dos enormes carriles.

En un momento dado, le adelantan dos vehículos de colonos y uno de los conductores le saca la mano indicándole que ésa no es su carretera y que se aparte hacia el camino rural destinado a los palestinos. Al-Hrieni, acostumbrado a estos aspavientos, continúa con una sonrisa en los labios sin hacer el mínimo amago de abandonar la ruta, a pesar de que es consciente de que en cualquier momento, el colono puede llamar a la policía israelí, que podría proceder a su detención por incumplir la ley. Esta zona se halla en el Área C de Cisjordania, donde Israel supervisa la seguridad, después de la ocupación ilegal de suelo palestino desde la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel conquistó este territorio controlado por Jordania desde 1948.

Uno de los habitantes de Susya es Mohammed al-Nawaja, quien a golpe de bastón camina despacio por un terreno pedregoso y sin asfaltar, donde viven las 45 familias que se niegan a abandonar sus tierras para irse a unos terrenos del Estado ubicados en la cercana Yatta, tal como les ha propuesto el Gobierno israelí. “Me gustaría acostarme una noche y a la mañana siguiente cuando me despierte, no encontrar a ningún colono”, asegura tajante Al-Nawaja, de 70 años, que nació en una de las cuevas en Susya, donde vivían hasta entonces los primeros moradores de esta aldea y que fueron destruidas en los años 80 por el Ejecutivo israelí para realizar trabajos de excavación arqueológica.

El anciano pronuncia estas palabras mientras sorbe un té sentado en una silla de plástico en medio del poblado sin siquiera una mesa donde apoyar la jarra y los vasos, al tiempo que su cansada mirada se dirige al lugar en el que residen sus hostiles vecinos. Se trata de un grupo de casas prefabricadas en las que residen los colonos en los denominados ‘outposts’, protegidos por el Ejército israelí. Concretamente, en Cisjordania hay más de 125 asentamientos, a los que hay que sumar la docena existente en Jerusalén Este y más de 30 en los Altos del Golán, por lo que en total, la cifra de colonos supera los 550.000 sobre una población de 8,2 millones de israelíes.

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EXPULSADOS PARA CREAR UN PARQUE ARQUEOLÓGICO

Sin embargo, Susya no es una zona ocupada más, sino que se trata de un pueblo irreductible, ya que en ella han vivido los palestinos, desde que se asentaran por primera vez en 1830, a pesar de que en los últimos años, ha sufrido cinco desalojos violentos por parte de Israel que arrasa las sencillas casas con excavadoras. Los intentos de echar a este pueblo comenzaron en los 80, cuando más de una docena de familias fueron expulsadas de sus hogares para que Israel pudiera establecer un parque arqueológico en sus tierras, al hallarse vestigios de la era talmúdica y el periodo bizantino. Ello sirvió de excusa para expulsar a los palestinos de sus casas. Éstas tenían estructuras de piedra robustas construidas sobre antiguas cuevas en una colina, situada a un kilómetro de la actual aldea y que sus antiguos habitantes la conocen como ‘Old Susya’, antiguamente llamada Susya al-Qadima. Los problemas comenzaron en 1983, cuando se construyó en este lugar un asentamiento judío para 60 familias. Tres años más tarde, unos arqueólogos israelíes hallaron unos restos de una sinagoga, que data del siglo VI. Los colonos crearon con ello una atracción turística en esta zona, denominada ‘Susya: pueblo judío antiguo’ y que en 2010 fue declarado Patrimonio Nacional. Cada año, la visitan miles de personas, tanto de Israel como del extranjero, mientras que los palestinos tienen prohibida la entrada.

Resignados y tras ser expulsados en 1986 de sus casas, los más de 1.500 palestinos que residían en la aldea, se trasladaron a escasos 500 metros para vivir en cuevas y chozas de hojalata en un lugar llamado Rujum al-Hamri, donde volvieron a ser desalojados en 1990 y trasladados por el ejército en camiones a Zif Junction, a 15 kilómetros de distancia. Muchos de ellos regresaron a sus tierras para dedicarse de nuevo al pastoreo ubicándose a un kilómetro del asentamiento, donde construyeron las citadas tiendas de campaña, si bien mientras los colonos disfrutan de agua corriente y electricidad, los originarios de esta zona tienen prohibido conectarse a las redes de agua y luz. Además, tal como explica  Hafez Al-Hrieni los palestinos no pueden realizar ninguna nueva construcción en esta área, sino que necesitan un permiso de Israel que “nunca obtienen”. Ello ha obligado a la población de Susya a colocar cisternas para recoger el agua de la lluvia, mientras que la electricidad les llega gracias a unos paneles solares donados por el Gobierno de Alemania. En época de sequía, deben trasladarse hasta Yatta para comprar el agua, a pesar de que las canalizaciones del asentamiento judío atraviesan la aldea.

La pesadilla para este pueblo no había acabado aún, ya que hubo otros tres intentos de desalojo en 1991, 1997 y 2001, con la destrucción por parte de los colonos y del ejército de las modestas viviendas de los palestinos, al tiempo que mataron a su ganado. Sin embargo, los habitantes de Susya nunca se rindieron y en el 2001 regresaron a sus tierras, tras apelar a los tribunales de Israel, que les permitió volver de manera temporal, después de que huyeran a Yatta. Ahora es el propio Gobierno israelí el que ha pedido al Tribunal Superior demoler el pueblo, al igual que ha hecho la organización pro-colono israelí Regavim, por lo que los habitantes temían desde hace tiempo un desalojo inminente.

A la espera de que los bulldozers acaben con todo, la rutina continúa en este remoto lugar, cuyo silencio solo es roto por el juego de varios niños, que se divierten ajenos a las preocupaciones de los adultos en unos columpios situados en una escarpada zona a escasos metros de las viviendas. Uno de ellos muestra orgulloso su  humilde casa sin camas ni apenas muebles  alrededor de la cual hay una destartalada granja con gallinas, pollos, ovejas y perros. En un momento dado, un vehículo militar estaciona a la entrada de la aldea y dos jóvenes soldados observan desde su interior durante unos cinco minutos el tranquilo devenir del pueblo recordando a sus habitantes la omnipresencia israelí en territorio palestino.

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Pese a las detenciones por parte de la policía israelí y el “acoso” que sufren los habitantes, Hafez Al-Hrieni incide en que “nadie quiere abandonar esta tierra” y niega que existan razones arqueológicas para expulsar a los palestinos. El único objetivo, denuncia, es expandir aún más los seis asentamientos israelíes que hay alrededor de Susya y de los 14 pueblos cercanos, donde residen 3.000 colonos.

ESCOLTADOS PARA IR A LA ESCUELA

Son precisamente estos incómodos vecinos quienes hacen la vida imposible a los palestinos hostigándoles día tras día para obligarles a dejar sus tierras. Para ello, atacan con piedras a los pastores cuando conducen el ganado a pastar en unos terrenos que lindan con los territorios ocupados. Pero quienes sufren esta violencia casi a diario son los menores palestinos que cuando van a la escuela suelen recibir pedradas de los colonos, tanto por parte de adultos, como de otros niños, debido a que pasan al lado de los asentamientos. Ello obligó a la organización italiana ‘Operazione Colomba’ a instalarse en el 2004 en esta zona para escoltar a los escolares todas las mañanas. Si bien, tal como relata uno de los integrantes de esta organización, cuya identidad pidió que no se desvelara, ni los propios internacionales que protegen a los niños se libran de la violencia de los colonos, quienes también les arrojan piedras y palos. Precisamente, una voluntaria americana tuvo que ser hospitalizada tras sufrir heridas en la espalda.

Ello provocó, según relata, que el Parlamento israelí aprobara en el 2004 proteger a estos menores palestinos. Desde entonces, el Ejército israelí los escolta cada día, si bien lamenta que los soldados casi nunca se presentan a la hora o no llegan a completar el recorrido de 1,5 kilómetros hasta la escuela dejándoles indefensos. “Les llamamos, pero pasan de todo”, censura. Cuando sí que acuden, los voluntarios de ‘Operazione Colomba’ no pueden escoltar a los niños, por lo que se limitan a observar desde la distancia si realmente impiden o no que sean atacados y lo graban todo con cámaras para denunciar la situación de violencia ante la Unión Europea y las Naciones Unidas.

En lugar de solucionarse esta situación, el voluntario italiano critica que con el Gobierno de Netanyahu, los asentamientos “se están comiendo cada vez más tierra centímetro a centímetro” y ello, concluye, es un problema para la futura resolución del conflicto y la creación de un Estado palestino. Mientras, la vida sigue en Susya, donde por un momento ha regresado la alegría, después de que una familia llegue en un vehículo portando en el maletero a los nuevos corderos que acaba de parir una oveja y que asegurarán su sustento económico.

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