Hampi: La Persépolis india

La ciudad india de Hampi y Persépolis, en Irán, se hallan a más de 3.000 kilómetros de distancia, si bien ambas comparten rasgos comunes, pese a estar separadas casi por dos milenios de historia. Las dos fueron capitales de sendos grandes imperios: Hampi, del Imperio Vijayanagara, de 1336 a 1565 y Persépolis, del Imperio Aqueménida, de 518 a 330 antes de Cristo. No se quedan ahí las coincidencias de estas majestuosas ciudades, ya que tanto Hampi, como Persépolis fueron arrasadas por los enemigos de la época.

Hampi cayó en 1565 a manos de los sultanes de la confederación musulmana Deccán, que ocuparon la también conocida como Ciudad de la Victoria y nunca jamás se volvió a recuperar, después de que la saquearan durante un periodo de seis meses. Miles de años antes, en el 330 A.C. Alejandro Magno y sus tropas griegas quemaron Persépolis, que quedó reducida a cenizas, si bien afortunadamente, su estructura perdura hasta nuestros días.  Pero las semejanzas no se quedan ahí, ya que tanto Persépolis, como Hampi fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la primera en 1979 y la segunda en 1986.

Lo curioso es que el viajero persa Abdur Razzak dio fe de la grandiosidad de Hampi tras visitarla a comienzos del siglo XVI. Llegó a decir que sus ojos no habían visto nada parecido y que no tenía conocimiento de existir en el mundo un lugar como  éste. Siglos después, los miles de viajeros que recalan cada año en este lugar se quedan con la misma sensación al alejarse por un momento de las populosas ciudades de la India. Llegar a Hampi, situada en el Estado sureño de Karnataka, insufla al visitante un relax desde el primer momento al contemplar los cerca de 350 templos repartidos en las dos orillas del río Tungabhadra.

Situada en una superficie de 26 kilómetros cuadrados, la última capital del último gran reino hindú de Vijayanagar, sorprende al viajero, que pierde la vista en el árido horizonte salpicado de templos hinduistas y grandes rocas que se levantan sobre el citado río en el que desde primera hora de la mañana se bañan los lugareños ajenos a las miradas de los turistas. Ellos tapados únicamente con el tradicional lungui y con el torso desnudo y ellas vestidas con los coloridos sharis.  De esta manera, comienzan el día con  uno de los ritos más importantes del hinduismo, como es la purificación espiritual en un río, adonde los creyentes de esta religión acuden al considerar que este baño origina el perdón de los pecados. Además, emplean el río para hacer la colada y algunos fieles incluso se cortan el pelo, que luego llevan al templo para ofrecerlo como ofrenda.

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A diferencia de las ruinas de Persépolis, que están aisladas  al pie del Kuh-i-Rahmat (Montaña de la Misericordia), a unos 60 kilómetros de Shiraz, Hampi es una ciudad que ha sobrevivido al paso del tiempo, gracias a ser un lugar sagrado de peregrinación y al constante turismo. Unas 3.000 personas viven en este lugar, sobre todo alrededor del Sacred Centre, situado en la zona del Hampi Bazaar, donde se han construido numerosos hostales y restaurantes para los turistas cerca del famoso templo Virupaksha. La primera hora de la mañana, poco después de que salga el sol, es la mejor para visitar este templo, dado que los perezosos turistas aún duermen, mientras que los devotos hinduistas ya se han bañado en el río y acuden a rezar al templo sagrado ante la atenta mirada de las decenas de monos que campan a sus anchas. Al menor descuido, los simios roban las mochilas o las bolsas con comida de los visitantes y disfrutan del botín tras refugiarse en alguno de los orificios del templo, que se eleva hasta una altura de 50 metros.

ELEFANTE SAGRADO

Tras descalzarse, lo primero que llama la atención al entrar al principal templo de peregrinación de Hampi es un elefante, que los hinduistas consideran sagrado y que cada día bañan en el río, además de obsequiarle con 40 kilos de comida. La función de este animal es bendecir con su trompa a cada uno de los devotos que se acercan a él.  A continuación, se abre todo un laberinto de pequeños templos dedicados a diferentes dioses, con sus correspondientes estatuas, denominadas murti. En este lugar se respira un aire de espiritualidad caracterizado por el tintineo de las campanas, conocidas como ‘Ghantas’, los rezos siseantes de los fieles y el intenso olor a incienso. En cada templo hay un sacerdote brahmán, que atiende a los devotos a quienes ofrece agua y les hace una marca de bendición en la frente con un polvo rojo, que se denomina tilaka.

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Hampi está dividida en dos por el río Tungabhadra, en cuyas orillas aún se mantienen como si no hubiese pasado el tiempo varios templos, mientras que varios búfalos de agua se pasean libremente y se zambullen junto a los bañistas. Para pasar de un lado a otro, se puede hacer en una pequeña embarcación a motor que parece que en cualquier momento se puede hundir o hacerlo de manera más rudimentaria a través de una minúscula embarcación de mimbre, que sólo funciona a remos.

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Una vez se deja atrás la zona del bazar de Hampi, donde se ubican los templos de Virupaksha, Vitthala, Krisna y Achyuta Raya, se llega a la zona en la que se concentran más de 350 templos muy alejados entre sí. Por ello, la mejor forma de visitar los más importantes, situados en el Centro Real, hacia Kamalapuram, es a través de una moto que se puede alquilar nada más llegar con el barco a esta orilla del río, donde también se encuentran los hostales más tranquilos y restaurantes con zona chill out, donde tumbarse y escuchar música relajante.

Mientras el aire cálido te acaricia la cara y decenas de niños te siguen corriendo o te saludan en cada uno de los pequeños pueblos de esta zona de Hampi, la sensación de total libertad va aumentando y ésta se incrementa aún más si cabe al bañarse en un pantano rodeado de rocas de granito. Puede asustar un cartel en el que se advierte de la presencia de cocodrilos, pero nunca más lejos de la verdad, dado que estos animales no campan por estos lugares. A alguien se le ocurrió colocar esta advertencia para evitar que los jóvenes indios se tirasen al agua de cabeza desde los acantilados, lo que causó numerosos accidentes, algunos de ellos graves, durante muchos años.

LOS PILARES MUSICALES DEL TEMPLO VITTALA

La carretera, rodeada de campos de arrozales, conecta los diferentes templos desperdigados en más de 30 kilómetros cuadrados y entre los que destaca el Complejo del Templo Vittala, construido en el siglo XV y ubicado frente a la localidad de Anegondi. Es famoso por un carro de piedra, arrastrado por dos elefantes, conocido como ratha y que es el símbolo de este templo. Hasta hace unos años, las ruedas podían girar, si bien para evitar su deterioro, el Gobierno indio decidió bloquearlas con cemento.

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El templo también destaca por los pilares musicales. Así, el techo, que está soportado por una columna que representa un instrumento musical, está construido con siete pilares, que si se les golpea, emiten siete notas de su instrumento musical variando la calidad del sonido en función de si representa un instrumento de viento, de cuerda o de percusión. Los británicos quisieron comprobar la razón de este fenómeno, por lo que llegaron a cortar los dos pilares para ver qué había dentro de los mismos y saber qué era lo que provocaba el sonido. Su frustración fue máxima cuando observaron que los pilares estaban huecos. Aún hoy se puede observar el corte que hicieron los británicos en esta sala conocida como la de los músicos, debido a que cada uno de los pilares está esculpido con músicos, percusionistas y bailarines.

Como colofón en la visita de esta ciudad, se puede subir al Templo de Hanuman, dedicado al dios mono, situado junto al pueblo de Anegundi, para lo cual se requiere de un gran esfuerzo físico, debido a que hay 500 escalones. Merece la pena llegar al templo, por las espectaculares vistas al río. En el interior del templo parece que el tiempo no pase, gracias a los cánticos de los devotos que en ningún momento se interrumpen. Sentado en una de las innumerables rocas, que emulan la superficie lunar, se obtiene una panorámica única de este remoto lugar, que se conserva durante cientos de años, pese a la cada vez mayor presión turística.

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