Welcome to Palestine wall!!

Tras dos semanas en Israel, ya era hora de que visitara Palestina, así que esta mañana me decidí ir a la Puerta de Damasco, dado que a escasos metros parten los autobuses con destino a Cisjordania. Había llegado el momento de atravesar mi primer ‘Cheikpoint’ que separa dos mundos y culturas, Israel y Palestina. Cuando bajas del autobús, lo primero que ves es un gran muro que se pierde en el horizonte como si fuera una especie de muralla china, de más de 700 kilómetros de longitud y decenas de ancho, pero que de turístico no tiene nada.
Nada más entrar en el recinto para pasar a Palestina, el ejército israelí ya advierte en un cartel que nada de fotos. Yo nunca estuve en una cárcel, pero supongo que es lo más parecido a una, ya que vas atravesando distintas salas, tras pasar puertas giratorias, hasta llegar a un pasillo infinito que te conduce al otro lado. Alambradas y torres de control son lo primero que se ve al llegar a Palestina, un pueblo sin Estado, después de haber permanecido bajo el mandato británico entre 1928 y 1948, año este último en el que se creó el Estado de Israel, lo que supuso la expulsión de miles de palestinos de sus propios territorios.

Fue el ex primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien el 16 de junio de 2002 ordenó construir el muro, que obliga a miles de palestinos que van a trabajar a Israel a pasar horas bloqueados a la merced de los soldados israelíes que deciden cuándo y quiénes pueden pasar. Sharon defendió esta gran barrera humana alegando que así se evitarían atentados terroristas, tras la segunda Intifida, provocada precisamente tras su visita a la Explanada de las Mezquitas cuando aún era únicamente el líder de la oposición (Likud) y que provocó más de 5.500 muertos hasta 2005, la mayoría palestinos.

OÍDOS SORDOS A LAS RESOLUCIONES INTERNACIONALES

Desde entonces, ningún dirigente israelí ha decidido poner fin al muro, sino más bien al contrario, ya que han continuado hasta el día de hoy construyendo más kilómetros en “aras a la seguridad”, a pesar de la resolución no vinculante de las Naciones Unidas de 2003, mediante la cual se exigió a Israel que parase este proyecto. Además, los dirigentes israelíes hicieron oídos sordos a la Corte Penal Internacional de la Haya, que el 9 de julio de 2004 dictaminó que la construcción del muro era ilegal, al incumplir las obligaciones contraídas por Israel en virtud del derecho internacional humanitario. Si bien se quedó en agua de borrajas la petición que hizo este Tribunal a Israel para que detuviera la construcción del muro dentro de los territorios ocupados, derribara lo ya construido y reparase el daño causado. A estas peticiones se han sumado en los últimos años denuncias de diversas organizaciones, como la Cruz Roja o Anmistía Internacional que acusan a Israel de violar los derechos humanos.

Actualmente, el muro afecta al 80 por ciento del territorio cisjordano, mientras que el 20 por ciento se extiende por la denominada Línea Verde, que separa los territorios controlados por la Autoridad Nacional Palestina y los que están administrados por el Estado de Israel. Hasta que uno no está debajo de la muralla de hormigón, que ya forma parte del paisaje cotidiano de Palestina, no se da cuenta del aislamiento que sufre el pueblo palestino. Una estrecha carretera, por la que apenas pasa un coche y en la que, además, hay sitio para una gasolinera y un taller de vehículos, recorre un tramo del muro en cuyas paredes cientos de artistas han plasmado sus mensajes y grafitis en contra de esta frontera física, que junto al denominado ‘Muro de la Vergüenza’, que separa Marruecos del Sáhara Occidental, son únicos en el mundo, tras la caída del Muro de Berlín en 1989, que separaba la República Democrática Alemana y la República Federal de Alemania.

‘UN PAÍS NO ES SOLO LO QUE HACE, SINO TAMBIÉN LO QUE TOLERA’

Entre los dibujos plasmados en el muro, que se ha convertido en todo un lienzo que oculta la fealdad del hormigón, destaca uno con la paloma de la paz coloreada con la bandera palestina en el que se lee ‘Palestina para gente inteligente’. En uno de los extremos del muro, bajo una torre de control, se halla el Palestinian Conflict Resolution Center’, en el que se anima a la gente a tomar un café y té mientras se habla de economía, política o religión. Este centro se anuncia en una valla coloreada con tres grandes corazones rojos sobre los cuales se lee ‘Palestina libre’ en inglés.

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Otra de la frases pintadas en el muro es una cita de Kurt Tucholsky, un periodista y escritor judío alemán, que dice que ‘Un país no es sólo lo que hace, sino también lo que tolera’. Uno de los dibujos más bonitos ilustra a una joven musulmana con los colores de la bandera palestina.

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Mientras, el más impactante es el retrato de Leila Khaled, que posa sonriente con un Ak-47. Se trata de la fotografía que en su día hizo Eddie Adams de la primera mujer palestina que secuestró en 1969 un avión de pasajeros procedente de EEUU y con destino Tel Aviv durante su escala en Roma, que se saldó sin heridos. Actualmente, es miembro del Frente Popular para la Liberación de Palestina y reside en la capital jornada, después de que el ejército británico la dejase en libertad en un intercambio de prisioneros, tras permanecer detenida durante menos de un mes.

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Pese a este clima de aislamiento en el que vive el pueblo palestino, la amabilidad de su gente es enorme, de forma que en cuanto ven que eres extranjero, enseguida te dicen ‘Welcome to Palestine’ (bienvenido a Palestina) dando muestras de agradecimiento por que visites su país. Y eso que están más que acostumbrados al turismo, teniendo en cuenta que Belén recibe cada año miles de visitantes atraídos por la ciudad en la que la Biblia sitúa el nacimiento de Jesús. Además, no es solo importante para los cristianos, sino también para los judíos que acuden en masa para ver el lugar en el que nació y se coronó el Rey David.

PINTADAS DE YASIR ARAFAT Y DE ‘MÁRTIRES’

Si uno se aparta un poco de la zona turística y se adentra por las laberínticas callejuelas de la ciudad, enseguida encuentra grafittis en contra de Israel, como uno que pide el boicot para este país con una gran bandera israelí tachada. En otro, se puede ver a una persona dibujada con los colores de Palestina arrojando a una papelera la estrella de David, que es uno de los símbolos más importantes del judaísmo. También hay grandes pintadas con el rostro de quien fuera presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasir Arafat. Otro impactante grafitti es el que muestra el rostro de Saleh Al-Amareen, junto a las palabras ‘El mártir palestino’. Este joven de 15 años murió en el 2013 tras recibir varios impactos de bala en la cabeza en el campamento de refugiados de Al-Azza, al norte de Belén, durante unos enfrentamientos entre jóvenes palestinos y policía israelí.

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Pese a todo este contexto, la vida sigue en Belén con su abarrotado y colorido mercado callejero en el que se puede encontrar de todo y que se halla a escasos metros de la Basílica de la Natividad, donde cientos de turistas esperan largas colas para ver el lugar en el que según la Biblia, nació Jesús. Se trata de una estrecha cueva en la que, según la tradición cristiana, estuvo el pesebre en el que nació el Mesías. Una vez dentro de la gruta, es difícil sentir un mínimo de espiritualidad en este lugar, al estar rodeado en un claustrofóbico espacio de decenas de turistas que se empujan entre sí en una especie de competición para ver quién saca la mejor foto.

Previamente a visitar este lugar, un taxista, que me trasladó desde el ‘Cheikpoint’ y con una larga barba, me intentó convencer durante más de una hora de las ventajas de hacerme musulmán, algo que no consiguió, pese al esfuerzo dedicado a ello. Cuando llegamos a la Basílica, aparcó el vehículo en un parking e iniciamos una conversación sobre la religión musulmana. Para él, la guía de su vida está en el Corán donde, según me insistió durante decenas de veces, está el único camino para hacer el bien y lograr el paraíso una vez se alcance la muerte. Con ello, me quiso dejar claro que la religión musulmana no es lo que profesa el Estado Islámico con su crueldad y asesinatos, sino que el Islam se basa en la “bondad” que predicó el profeta Mahoma. “No me importa no tener dinero, ni trabajo, porque siempre tendré a Alá”, sentenció el taxista que no se quedó muy convencido cuando le dije que yo no creo en nada, pero que sí que me gustaría leer el Corán para entender un poco más su religión.

De vuelta a Israel y tras comprar un poco de fruta en un establecimiento en el que el dueño pintaba cuadros con referencias al omnipresente muro, conversé durante unos minutos con una de las pocas cristianas que vive en Palestina. Me comentó que era muy difícil para los palestinos visitar Jerusalén, dado que necesitan un permiso especial que no todos consiguen. El paso al otro lado fue más fácil de lo que me esperaba. Ni siquiera tuve que abrir el pasaporte al militar israelí, mientras que miles de palestinos deben atravesar cada día esta barrera llegando a esperar a veces, durante horas para hacerlo. Ya se sabe, hay ciudadanos de primera y de segunda por mucha resolución de las Naciones Unidas que haya.

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