La aventura de pedalear por Anantapur

Hay pocas cosas sin las cuales no puedo vivir. Una de ellas es una bici, mi compañera inseparable allí donde voy, así que al llegar a Anantapur, al sur de la India, lo primero que pensé fue en comprarme este vehículo ecológico, aunque las bicicletas en este remoto lugar distan mucho de mis exigencias. Lo primero de todo es adaptarte a lo que hay, así que me fui a una tienda y me compré una Milton, una bici preciosa, de una única marcha que me ha dado una libertad increíble y que sólo me ha costado 3.700 rupias (50 euros).

Al principio, sólo la usaba para moverme por el campus de la Fundación Vicente Ferrer donde trabajo como voluntario, si bien la ciudad me estaba llamando cada día más con sus cláxones y su tráfico totalmente alocado y caótico. No me lo pensé más, por lo que una vez que ya me había adaptado a mi nueva bici, muy alejada de mi mountain bike con 27 velocidades, atravesé la puerta y me dirigí al centro de la ciudad.

Nada más salir, ya sientes la adrenalina en el cuerpo al escuchar cientos de pitidos que no sabes si se dirigen a ti, pero que tú te das por enterado de que debes escorarte lo máximo a la izquierda. Yo estoy acostumbrado a ir por la derecha, pero aquí conducen a la manera inglesa, así que la primera prueba es ir por la izquierda aguantando la tentación de colocarme al otro lado.

No hay tiempo para pensar en nada más que no sea salvaguardar tu vida. Rickshaws, motos, camiones, autobuses, tractores, coches, otras bicis, peatones por el medio y a todo ello se suma algún cerdo, perro o vaca que tiene la osadía de atravesar la carretera sin ser conscientes de que su movimiento puede ser fatal no sólo para ellos, sino para quienes los atropellen.

Normalmente, voy con casco cuando ando en bici, pero la India es otra historia. Aquí no hay medidas de seguridad, por no ir no voy ni con la luz delantera y trasera para que me vean por la noche, por lo que trato de sacar el móvil, encender la linterna y, al menos, ver los baches que hay en los caminos para no caer. De noche la cosa se complica, debido a los potentes focos de muchos camiones y autobuses que te llegan a vislumbrar de tal manera que por unos segundos no ves nada más que un rayo de luz que viene directo a ti, mientras que, por el contrario, muchas motos prescinden de la luz y no se ven hasta que están a escasos metros o centímetros, los justos para apartarte.

Lo reconozco, me encanta sentir el peligro de una moto o de un camión pasando a menos de un palmo de mí, al tiempo que escucho el estridente pitido que me advierte de su presencia. Yo tampoco me amilano, así que hago sonar mi bonito timbre en el que se puede leer “life” no sé si irónicamente, pero lo cierto es que muchas veces me ha salvado la vida, porque aunque parezca mentira, en ocasiones, surte efecto y me hacen caso.

Cuando menos te lo esperas, estás en medio de un embotellamiento de vehículos en el que milagrosamente salgo siempre vivo sin rozar siquiera mi rueda con nadie, aunque la distancia entre mi bici y el resto de coches es milimétrica. Hay que mirar constantemente a la izquierda, a la derecha, adelante y atrás, no cabe evasión ninguna, ni mirar el móvil, ni dedicarle unos segundos a las mujeres y sus coloridos saris. Cualquier distracción puede suponer un choque o un atropello, ya que los peatones salen por donde menos te lo esperas sin siquiera mirar. Lo curioso de este lugar es que cuando te incorporas a una carretera, nadie mira si viene alguien por detrás, por lo que sale con total tranquilidad confiando en que el vehículo le respete.

Salir a la carretera supone escuchar un mosaico de bocinas, que al parecer tienen un sentido, aunque yo aún no lo he descubierto más allá de advertir al que va delante que se aparte a la izquierda si no quiere ser arrollado. Esto es literal, sobre todo, con los camiones y autobuses, que no tienen miramiento ninguno en arrollarte en caso de que no te apartes. En ocasiones, trato de tentar a la suerte y continuar mi camino como si nada, esperando que el autobús me deje pasar, teniendo en cuenta que es mi carril y no el suyo, pero el conductor no está para contemplaciones, así que aprieta su bocina y cuando parece que mi vida ya no se va a prolongar por más tiempo, opto por salvarme y salir de la carretera a un camino polvoriento lleno de suciedad. A continuación, y una vez que se me ha quitado el susto, vuelvo a incorporarme como si nada hubiese pasado. No hay tiempo para insultos o para aspavientos, porque la carretera me sigue llamando con fuerza y Milton y yo hemos decidido continuar paseando jugándonos el tipo.

Debido al polvo que rodea la carretera, suele ser habitual que éste se te introduzca en los ojos, añadiendo un plus a la peligrosidad habitual, por lo que como puedo, me los froto y trato de seguir viendo, no sea que en un segundo se me aparezca una moto en dirección contraria y choquemos irremediablemente. Mi salud tampoco está muy satisfecha ante la gran cantidad de humo que inhalo procedente de unos tubos de escape más que obsoletos, que llegan a generar auténticas nubes de CO2 en el caso de los ancestrales camiones o autobuses que surcan las carreteras indias.

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“MÁS VIVO QUE NUNCA”

Por raro que parezca, en ningún momento siento miedo, sino que me siento más vivo que nunca ante la posibilidad de perder la vida en cualquier momento. Mi adrenalina se eleva hasta límites insospechados y dejo de pensar en todo aquello que me puede preocupar para centrarme en el asfalto y tratar de divertirme esquivando todo tipo de vehículos que me pitan sin parar y a los que yo respondo con mi pequeño timbre reivindicando mi lugar en esta carretera de locos.

Lo curioso es que en el centro de la ciudad, hay unos pequeños puestos elevados para guardias de tráfico, quienes tratan de poner un poco de orden en este caos, aunque su frustración debe ser máxima, porque en cuanto giran un poco la vista, los vehículos se lanzan hacia sus destinos haciendo caso omiso a sus indicaciones.

Me he dado cuenta que los vehículos más peligrosos son las motos, que salen de cualquier lugar sin cederme nunca el paso y, por supuesto, esos mamotretos de camiones y autobuses que no están dispuestos a ceder ni un metro de la carretera para dejar pasar a un pobre ciclista como yo.

SIn embargo, no todo es malo en esta alocada circulación, porque en todo momento la gente te está saludando desde los rickshaws o se acercan con sus motos para decirte un Hi, how are you? Todo ello acompañado siempre de una gran sonrisa que te hace pensar que sí que ha merecido la pena coger la bici para dar una vuelta por esta ciudad. Así, la amabilidad de la gente no tiene límites. El otro día, iba con una amiga en bici y se le salió la cadena. Tras infructuosos esfuerzos por mi parte (la mecánica nunca fue lo mío) un señor se acercó y nos colocó la cadena en un segundo tras pringarse las manos de aceite. Thank You fue nuestra respuesta y el hombre se fue con ese característico movimiento de cabeza, que te recuerda que estás en un país diferente con una gente extraordinaria de la que, al menos yo, tengo mucho que aprender.

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