El Tren “celda” de la India

Montarse en tren en la India es toda una experiencia no sólo porque hasta el último minuto no sabes si vas a tener plaza y dónde te vas a sentar, sino por la impresión que supone introducirte en un vagón que parece una celda gigante de la cual parece que va a ser imposible salir. Mi destino era Hampi, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986 y que está situada a cinco horas en tren de Anantapur.

Comienzo por la llegada a la estación de tren, donde decenas de personas pernoctan en el suelo a la espera de un nuevo día y lejos de las desoladas calles de Anantapur por donde sólo merodean perros sarnosos y cerdos hambrientos a altas horas de la madrugada. Concretamente, el tren salía a las 02.45 horas, si bien en la India el tema de horarios no lo llevan muy bien, así que partió dos horas más tarde, durante las cuales, además de dormir también en el suelo de la estación, pude observar el ir y venir de gente y cómo no hay ningún problema en atravesar a pie las vías para pasar de un andén a otro. En este país son tristemente famosos los siniestros de tren no sólo por colisión, sino por atropellos masivos de personas que se encuentran cruzando la vía.

Sin embargo, lo más sorprendente es ver cómo un rostro te observa detrás de los barrotes que hay en cada ventana, dando una imagen de cárcel rodante de la cual será imposible escapar en caso de accidente. Me parece que nadie ha reparado en este pequeño detalle, pero lo primero que a uno se le viene a la cabeza es qué sucederá si el tren sufre un accidente. La respuesta es bien sencilla, quedaremos atrapados en un amasijo de hierros sin escapatoria posible, por lo que es mejor no pensar en ello y dejarse llevar sin miedos.

En este viaje  iba acompañado de cinco amigos, cuya experiencia con los trenes en la India era la misma que la mía, es decir, ninguna. Tras permanecer en lista de espera para lograr hacer el viaje en Sleeper Class, es decir, con una cama para dormir, finalmente, conseguimos entrar en el tren, aunque a algunos nos va a tocar compartir litera.

OLOR NAUSEABUNDO

El asombro es inmenso al penetrar en el tren, totalmente a oscuras y con un olor nauseabundo penetrante, que no se nos olvidará jamás. La puerta de entrada al tren celda se encuentra junto a unos baños, de los que sale un aroma indescriptible, pero que estoy seguro que no es nada sano para la salud. Tras intercambiar varias miradas de complicidad, los seis comenzamos a caminar, junto a un revisor, en búsqueda de nuestro sitio con su correspondiente cama. Para ello, nos adentramos en el vagón esquivando pies que sobresalen de las camas e incluso tratando de no pisar a algunas personas que duermen en el suelo, tras haberse quedado sin litera. El pasillo está oscuro y apenas es perceptible el final de cada vagón, más allá de la escueta luz que penetra por cada una de las ventanas enrejadas, que nos dan una sensación de claustrofobia y de encierro total.

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El revisor apenas nos mira, simplemente camina recto en búsqueda de nuestros asientos, algo que parece imposible de encontrar, dada la gran cantidad de gente y de camas que hay. Exactamente, hay una cama que da al pasillo, sobre la cual hay una litera y en frente, tres literas a cada lado, es decir, ocho personas duermen en un espacio reducido de unos cinco metros cuadrados, si bien a veces son más, porque comparten cama o duermen en el suelo. Unos potentes ventiladores situados en el techo hacen que sea respirable este opresivo ambiente en el que hay olores de todo tipo. Además, las ventanas protegidas por rejas se pueden abrir para sentir la brisa nocturna de la India. El tren es infinito, parece que nunca tiene fin y cada vagón cuenta con sus cuartos de baño, aunque es recomendable no tener que usarlos si no es con una buena mascarilla.

Las cosas en la India funcionan de manera diferente. Cuando llegamos a nuestra cama, que tendré que compartir con un amigo, nos encontramos con un señor sentado, que inmediatamente es expulsado por el revisor para que nosotros podamos dormir. El hombre se levanta sin rechistar y no seguí su destino, pero imagino que se buscó la vida entre la decena de vagones para encontrar un remanso de paz, a la espera de que le vuelvan a echar.

El grupo se ha ido dispersando, dado que cada cama está en un vagón diferente. La sensación es que nunca más nos volveremos a reencontrar, dada la inmensidad del tren y lo difícil que es poder localizar los asientos. Supongo que existe un orden, aunque aún me quedan muchos trenes por coger para entenderlo. Tras aclimatarnos a los olores y observar un mosaico de pies a cada cual más agrietado, debido a que muchos indios andan descalzos, logramos acoplarnos dos personas en una estrecha cama, que cubrimos con una toalla como medida higiénica, teniendo en cuenta que cada día duermen ahí muchas personas. El viaje transcurre con normalidad, sólo exaltado por el terrible olor que se introduce en las pituitarias, cada vez que el tren atraviesa una estación, en cuyas vías se van acumulando los desperdicios que la gente tira.

CAFÉ A LA CARRERA

A partir de ahí, el susto inicial se va apaciguando para convertirse en un placentero viaje en tren, que va transcurriendo lentamente hasta la salida de los primeros rayos del sol, que inundan el vagón y descubren los rostros cansados de los indios, que se dirigen o bien a trabajar a muchos kilómetros de su casa o a visitar a familiares, así como asistir a bodas, bautizos o funerales. Está claro que nadie está de turismo más que nosotros. A primera hora de la mañana, un indio menudo recorre como una exhalación los diferentes vagones ofreciendo café a los viajeros más madrugadores, que saborean con gratitud este líquido y empiezan a pensar en un nuevo día, tras un largo periplo en tren.

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Como todo, una vez que la luz ilumina esta caja de hierro en la que nos encontramos, todo se ve diferente y esa oscuridad penetrante que nos encontramos al entrar, se ha traducido en un vagón larguísimo con decenas de personas durmiendo o desperezándose, que nos miran con sorpresa al haber compartido con ellos una noche en un lugar único para nosotros y rutinario para ellos.

Es curioso ver cómo las diferentes clases de vagones están separadas por una valla de hierro, como si fuera una tienda. Es imposible pasar al otro lado. Los trenes de la India tienen diferentes clases, siendo la más baja la General, formada sólo por asientos, donde se acumulan cientos de personas, muchas de ellas de pie o tumbadas. Luego viene la Sleeper y a partir de ahí todo va mejorando, por lo que se puede viajar en Tercera Clase con aire acondicionado, Segunda Clase con aire acondicionado y Primera Clase con aire acondicionado. Las diferencias entre estas tres no son muy grandes, más allá de que te ofrecen ropa de cama, comida e incluso lavabo propio en algunos compartimentos.

SEGUNDA RED FERROVIARIA MÁS GRANDE

El tren es el medio de transporte más usado por los indios, después de que llegara en 1853 e hiciera el trayecto entre Bori Bunderde Bombay y Tannah, situadas entre ellas a 35 kilómetros. En concreto, fueron 14 vagones y 400 pasajeros, si bien ahora no es descabellado ver trenes de hasta 60 vagones. Al principio, fueron empresas privadas las encargadas de construir los trenes, por lo que el Imperio Británico les prometió que les cedería su explotación, aunque cuatro años después de independizarse la India, concretamente, en 1951, el Gobierno nacionalizó las líneas, que pasaron a formar parte de la empresa pública Indian Raiways.

Las cifras son apabullantes. Cada día cubren la segunda red ferroviaria más grande del mundo aproximadamente 8.350 trenes, que recorren 80.000 kilómetros con más de 18 millones de usuarios, mientras que los mastodónticos trenes de mercancías transportan más de 2 millones de toneladas de carga. Los trenes, que dan trabajo a 1,4 millones de personas, recorren los 29 Estados de este gran país de 1.200 millones de habitantes, al tiempo que ofrece servicios limitados a los países limítrofes de Nepal, Bangladesh y Pakistán.

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