TRAS LOS PASOS DE VICENTE FERRER

La India impacta desde el primer momento y más aún para alguien que nunca ha pisado el sudeste asiático y que llega a un país de 1.200 millones de personas con muchos contrastes y con una gran riqueza cultural y humana. Nunca me imaginé que visitaría este país tan alejado de mi cultura europea, pero cosas de la vida ya llevo 24 horas en él, concretamente, en Anantapur y con el compromiso de permanecer en él un mínimo de seis meses.

La Fundación Vicente Ferrer ha tenido a bien contar conmigo como voluntario en el Departamento de Comunicación de esta entidad en Anantapur, situada en la provincia de Andhra Pradesh, a cuatro horas en coche de Bangalore, adonde llegué esta mañana a las 03.00 hora local, tras un largo viaje desde Barcelona haciendo escala en la suntuosa y futurista ciudad de Doha, situada en pleno desierto y que desde el aire parece una ciudad de Matrix con sus altos edificios irradiando luces de todos los colores. Uno tiene la sensación de llegar a otro planeta, si bien no se trata más que de un país con una élite de jeques y millones de personas que trabajan para ellos, muchas de ellas en situación de semi esclavitud.

La vanguardia de Doha contrasta completamente con el camino que transcurre entre el aeropuerto de Bangalore y la Fundación Vicente Ferrer. Son cuatro horas en las que vi mi primer amanecer en la India y el despertar de su gente, que recorre bajo una plena oscuridad los arcenes de las carreteras para dirigirse a trabajar o más bien para buscarse la vida en un lugar árido, casi desértico, al que en 1969 acudió Vicente Ferrer, con el fin de mejorar en la manera de lo posible la vida de miles de personas de la casta más baja de la India, los dálits, también tristemente conocidos como ‘intocables’.

Anantapur, poblada por 4 millones de personas, significa ‘Ciudad del Infinito’ y eso es lo que vi ayer durante mi recorrido en coche, un infinito de personas que salían por todas partes caminando, en rickshaw, en moto o hacinados en furgonetas. En unas horas me sumergí en una parte remota de la India, donde las personas van y vienen a plena noche caminando por las carreteras, mientras que otras hacen un alto en el camino para hacer sus necesidades a la vista de todos sin importarles el concepto que tenemos de intimidad. Puedes ver a dos personas cagando en plena calle a solo unos metros de distancia y no pasa nada, se siguen respetando igual y nadie ha sentido vergüenza de que le vieran. Esto es reflejo de la extrema pobreza que asola esta parte del mundo, donde millones de personas no cuentan ni con lo más básico, que es una vivienda con baño, con luz, con agua, y con los recursos mínimos para vivir. Además, la gente convive en las calles con distintos animales que se mueven salvajemente, como cerdos, monos, perros famélicos o vacas, al tiempo que cientos de cuervos se disputan los restos de comida y de basura que se acumulan en las calles.

Un nuevo día comienza en la India y yo estoy siendo un afortunado espectador de este acontecimiento en el que miles de personas se juegan la vida cada día por los arcenes de las carreteras para llegar a un punto que yo desconozco. Mientras nosotros llegamos en coche o transporte público, mucha gente no tiene ni para pagarse un rickshaw, por lo que sólo les queda caminar, con el peligro que ello comporta para muchas mujeres que lo hacen solas a altas horas de la madrugada tratando de esquivar una noche más el infortunio de toparse con alguien que las haga daño y vayan a sumarse a las tristes estadísticas de violaciones en la India.

El país se despereza y abren los primeros puestos de comida en medio de la nada, aunque cientos de personas acuden no se sabe bien de dónde a comprar fruta, leche o simplemente a desayunar por unas pocas rupias. Mi conductor que me trasladaba a Anantapur estaba cansado y necesitaba una cabezadita, así que paramos frente a uno de estos puestos regentado por dos mujeres que no paran de servir y de calentar los desayunos y son sólo las cinco de la madrugada, cuando un sol, parecido a una bola de fuego, comienza a salir tímidamente por el horizonte, obligando a despertar a miles de indios que mal duermen en chozas y cobertizos, que son los mismos en los que trabajan. Toca buscarse la vida un día más y así lo harán sin preguntarse si hay crisis o no en el país, porque su vida no tiene tiempo para estas reflexiones, sino para trabajar y lograr que el caluroso día, en el que se rozarán los 40 grados, les ofrezca esas rupias que necesitan para comer y dar de comer a sus familias.

En medio de este remoto lugar se encuentra uno de los campus de la Fundación Vicente Ferrer, en el que permaneceré el próximo medio año, un oasis en el que conviven decenas de familias indias y una veintena de voluntarios de distintas partes de España. Además, cada año llegan cientos de visitantes españoles que desean ver con sus propios ojos la labor de esta entidad, que beneficia 2,5 millones de personas, residentes en 3.164 pueblos, con el fin de que puedan llegar a ser autosuficientes.

La Fundación trabaja en varios ámbitos: vivienda (construyendo casas con unas condiciones mínimas de salubridad); sanidad (construyendo cuatro hospitales generales, un hospital pediátrico, un centro de planificación familiar y un centro de tratamiento y atención a enfermos de SIDA); educación (estableciendo una red de escuelas complementarias para niños sin acceso a la educación); personas con discapacidad (talleres de ropa); mujer (ofreciendo recursos iniciales para que logren su independencia económica) y ecología (reforestación, estructuras de riego, viveros de plantas y excavar pozos para la extracción de agua).

TALLERES DE COSTURA PARA MUJERES CON DISCAPACIDAD

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Durante mi primer día en Anantapur, he tenido la suerte, junto a un viajero mallorquín que lleva más de un año recorriendo Asia, de visitar los talleres costureros dirigidos por Rocío, una joven cordobesa, que se va a encargar de diseñar durante los próximos meses, la ropa y el material que se venderá en las distintas tiendas de la Fundación Vicente Ferrer. En estos seis talleres, trabajan alrededor de 300 mujeres con distintas discapacidades, muchas de ellas, afectadas por la poliomilitis, enfermedad que hace años afectaba a cientos de personas y que han causado que muchas mujeres no puedan caminar o que sufran malformaciones.

Debido a estas discapacidades, muchas de estas mujeres sufrían el oprobio de sus familias, que consideraban una desgracia tener unas hijas que no pueden caminar o que se han quedado sordas, por lo que siempre les destinaban los peores sitios para dormir o les daban los restos de la comida. Gracias a unas asociaciones locales, creadas en los barrios, se derivaron a alguna de estas mujeres a la Fundación Vicente Ferrer para que aprendieran un oficio y pudieran ser autosuficientes sin depender económicamente de sus familias. Las chicas tienen entre 15 y 30 años y, actualmente, no sólo cosen y elaboran prendas, sino que también tienen la oportunidad de poder dormir y comer en unas habitaciones cercanas a los talleres, por lo que no tienen que regresar con sus familias, muchas de las cuales las ven como una carga, ante las dificultades que a priori tienen para casarse.

Gracias que pueden ganar un sustento, algunas de estas mujeres han logrado ahorrar para poder casarse e incluso tener hijos, algo que hubiera sido imposible sin acceder a un empleo. No obstante, alguna de ellas con las que he podido hablar no quería ni oír hablar de matrimonio, para evitar tener que sufrir el maltrato y la violencia que padecen miles de mujeres en la India por parte de sus maridos. Ella prefiere seguir viviendo con sus padres, lejos de un riesgo, que le puede llevar a la muerte.

Durante esta visita, Rocío no paraba de dar instrucciones y supervisar el trabajo de estas mujeres, que una vez que lo aprendan, no sólo coserán la ropa para la Fundación, sino que tendrán la capacidad suficiente para diseñar sus propios vestidos y ponerlos a la venta. La comunicación con estas mujeres no es nada fácil, ya que muchas de ellas tienen problemas auditivos, mientras que otras no saben nada de inglés, así que la joven española encargada de estos talleres se arma de paciencia y poco a poco logra con gestos que le vayan entendiendo sus instrucciones, algo que ya va logrando, pese a llevar una escasa semana en Anantapur.

De este día me llevo la sonrisa de todas estas mujeres que paraban lo que estaban haciendo para saludarme, algunas de ellas arrastrándose por los suelos o moviéndose en una rudimentaria plataforma de ruedas para poder realizar mejor su trabajo. No obstante, cuando finalizan su trabajo cuentan con sillas de ruedas para poder desplazarse, mientras que algunas han recibido de la Fundación material ortopédico para poderse mover lo mejor posible.

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